Yo estaba inconsciente, respirando a través de un tubo, y no tenía idea de que el jefe criminal más temido de Nueva York se había inclinado hacia mí para susurrar:
—Ahora, cualquiera que venga por ti tendrá que pasar primero por mí.
Lo que descubrí después fue aún más aterrador.
Dominic ya sabía algo sobre mí antes de que se disparara la primera bala… algo que él creía que podía destruirnos a los dos si yo alguna vez descubría la verdad.
Tres horas antes del tiroteo, yo llevaba copas de champán por el deslumbrante salón de baile del Hotel Aster Crown.
Doscientos invitados vestidos con diamantes y esmoquin bebían bajo lámparas de cristal mientras jueces, banqueros, lobistas y hombres con reputaciones peligrosas reían como si nada desagradable pudiera alcanzarlos jamás.
Nada de aquel mundo me pertenecía.
A mis veintiséis años, estaba atrasada con el alquiler y cubriendo el turno de catering de otra persona porque mi madre, Ellen, estaba en un centro médico de Cleveland luchando contra una enfermedad cardíaca que ya se había tragado todos mis ahorros.
Trabajaba por las mañanas en un restaurante de Queens, atendía eventos privados por las noches y dormía cada vez que la vida accidentalmente me regalaba cinco horas libres.
Aquella noche se suponía que ganaría cuatrocientos dólares más propinas.
—Cuidado con las copas.
La voz tranquila me sobresaltó tanto que la bandeja se inclinó.
Un hombre de hombros anchos, vestido con un esmoquin color medianoche, sostuvo una de las copas de champán con dos dedos y me observó con unos ojos oscuros e imposibles de descifrar.
—Eres nueva —dijo.
—¿Eso es un delito?
Levantó una ceja y de inmediato deseé que mi agotamiento hubiera venido acompañado de un filtro para mi boca.
Una elegante mujer de cabello plateado que estaba junto a él se rio.
—Dominic, deja de asustar al personal.
—Solo estoy aquí de pie, madre.
—Tú asustas a la gente incluso estando quieto.
Se llamaba Isabella Rossi y, a diferencia de su hijo, sonreía con calidez.
Cuando se dio cuenta de lo agotada que estaba, me tocó la muñeca y me dijo que bebiera un poco de agua antes de desplomarme.
—Nadie debería tener que desmayarse por culpa de los ricos —dijo.
Tal vez solo me regaló diez segundos de amabilidad.
Treinta minutos después, aquellos diez segundos le salvaron la vida.
Caminaba cerca del pasillo de servicio cuando vi a otro empleado del catering avanzando en dirección contraria al resto de los camareros.
Su mano desapareció debajo de la chaqueta y sus ojos no buscaban mesas.
Estaban clavados en Isabella.
Entonces vi el arma.
—¡Al suelo!
Mi bandeja golpeó el mármol y estalló en una lluvia de cristales.
Dominic llevó la mano bajo su chaqueta, pero yo estaba más cerca.
Me lancé contra Isabella y la empujé hacia el suelo justo cuando el primer disparo atravesó el salón.
Después de aquello, mis recuerdos se convirtieron en fragmentos.
Invitados gritando.
Lámparas de cristal temblando.
Champán derramándose sobre el mármol.
E Isabella atrapada debajo de mí.
Entonces llegó el dolor.
La primera bala me golpeó como un martillo entre las costillas.
La segunda me dejó sin aire.
Para cuando llegó la tercera, lo único que podía escuchar era un zumbido.
Más balas atravesaron mi cuerpo mientras yo seguía cubriendo a Isabella.
En algún lugar, más allá del dolor, Dominic gritó.
Sonó otro disparo.
Y de repente, todo terminó.
Cuando Dominic me giró y me dejó boca arriba, mi uniforme estaba empapado de rojo.
—La señora… —conseguí murmurar.
—¿Mi madre?
Vi a Isabella detrás de él.
Estaba viva.
—Bien.
Y entonces todo desapareció.
Lo que ocurrió después me lo contaron mucho tiempo más tarde.
Dominic se negó a esperar tres minutos a que llegara una ambulancia y ordenó a sus hombres que me llevaran al Centro Médico St. Catherine, donde podían cerrar por completo el ala privada.
Mientras los cirujanos luchaban por mantenerme con vida, Dominic permaneció fuera del quirófano con su esmoquin cubierto de sangre mientras Enzo, su mano derecha, le daba las noticias.
El tirador estaba relacionado con Victor Costa.
Y alguien ya había filtrado que yo había sobrevivido.
—Vendrá a terminar el trabajo —dijo Dominic.
Isabella se levantó de la silla con un rosario apretado entre las manos.
—Entonces protégela.
—Eso estoy haciendo.
—¿Durante cuánto tiempo?
Dominic quedó completamente en silencio.
Porque protegerme durante una sola noche jamás sería suficiente.
Y la respuesta que comenzaba a formarse en su mente era algo que nadie en aquel hospital estaba preparado para escuchar.
—Hasta que nadie pueda tocarla sin enfrentarse a nuestra familia.
Isabella se quedó mirando a su hijo.
Enzo contuvo la respiración.
Incluso los dos hombres armados que vigilaban cerca del ascensor intercambiaron una mirada.
Dominic Rossi nunca decía cosas que no pensaba cumplir.
Había pasado quince años construyendo un imperio que hacía que los políticos devolvieran sus llamadas y que los jueces bajaran la voz.
No hacía promesas a la ligera.
Pero aquello no eran negocios.
No era territorio.
No era venganza.
Era una mujer que se había interpuesto entre una bala y su madre sin siquiera saber su nombre.
Una mujer que no tenía nada.
Ni seguridad.
Ni una familia poderosa.
Ni un ejército de hombres.
Y, aun así, cuando un pistolero apuntó a Isabella, ella había elegido ponerse en medio.
Dominic miró a través de las puertas de cristal de la unidad de cuidados intensivos.
Al otro lado, los médicos se movían alrededor de mi cuerpo inmóvil.
Siete balas habían entrado en mi cuerpo.
Habían extraído tres.
Cuatro permanecían alojadas en lugares a los que los cirujanos todavía no podían llegar sin poner mi vida en mayor peligro.
Mi presión arterial seguía cayendo.
Mi corazón seguía intentando detenerse.
Dominic observó los números rojos del monitor a través del cristal.
Después se volvió hacia Enzo.
—Busca un sacerdote.
Enzo parpadeó.
—¿Un sacerdote?
—Sí.
—Dominic…
—Esta noche.
Isabella lo miró fijamente.
—¿Por qué?
Dominic miró a su madre.
—Porque si muere, quiero que Dios sepa que alguien la consideró parte de esta familia antes de que abandonara este mundo.
Los ojos de Isabella se llenaron de lágrimas.
Comprendió antes que nadie lo que su hijo estaba pensando.
—Dominic…
Él se volvió hacia ella.
—No puedes casarte con una mujer inconsciente.
—Lo sé.
—Ella no te conoce.
—Lo sé.
—No puede dar su consentimiento.
La mandíbula de Dominic se tensó.
—No voy a casarme con ella mientras esté inconsciente.
Isabella lo estudió.
—Entonces, ¿qué estás planeando?
Dominic volvió a mirar a través del cristal.
—Voy a darle el anillo de la familia.
Hizo una pausa.
—Y si despierta, le explicaré lo que significa.
A la mañana siguiente desperté.
Al menos, eso fue lo que los médicos me contaron después.
Abrí los ojos durante aproximadamente nueve segundos.
Nueve segundos en los que vi un techo blanco, luces quirúrgicas brillantes, una máquina junto a mi cama y un hombre de pie cerca de la ventana.
Alto.
Traje oscuro.
Sangre seca en el puño de la camisa.
Me miraba como si hubiera estado esperando durante años.
Intenté hablar.
No salió ningún sonido.
El hombre cruzó la habitación.
—No.
Su voz era baja.
—No intentes hablar.
Parpadeé.
Tomó mi mano.
Sus dedos estaban calientes.
—Estás a salvo.
Yo no sabía quién era.
Pero algo en su voz hizo que le creyera.
Entonces la oscuridad volvió a tragarme.
Cuando desperté por segunda vez, había un anillo en mi dedo.
Un anillo de oro.
Demasiado grande.
Hermoso.
Lo observé a través de la niebla de los medicamentos.
No recordaba habérmelo puesto.
Entonces lo vi.
El hombre de la ventana.
Dominic Rossi.
Estaba sentado junto a mi cama.
Ya no llevaba chaqueta.
Las mangas de su camisa blanca estaban remangadas hasta los codos.
Tenía un moretón en la mandíbula y un corte sobre una ceja.
Su mano rodeaba la mía.
—Estás despierta.
Sentía la garganta como papel de lija.
—¿Dónde…?
—En el hospital.
Intenté moverme.
El dolor explotó dentro de mi pecho.
Jadeé.
Dominic se levantó inmediatamente.
—No te muevas.
—¿Quién…?
Su expresión se suavizó.
—Dominic.
Lo miré fijamente.
Me resultaba extrañamente familiar.
Entonces los recuerdos regresaron en fragmentos.
El salón.
Isabella.
El arma.
Las balas.
Miré hacia la puerta.
—¿Tu madre?
—Está viva.
Cerré los ojos.
El alivio llegó antes que el miedo.
—Bien.
Dominic volvió a sentarse.
—Le salvaste la vida.
—Yo…
No pude terminar.
Apretó mi mano.
—Lo sé.
Bajé la mirada.
El anillo reflejó la luz.
—¿Qué es esto?
Silencio.
Dominic miró el anillo.
Después me miró a mí.
—Era de mi abuela.
—¿Por qué lo llevo yo?
Vaciló.
—Mi madre quería que tuvieras algo que demostrara que estás bajo nuestra protección.
Fruncí el ceño.
—Ella ni siquiera me conoce.
—Sabe lo suficiente.
Lo observé.
Había algo extraño en su expresión.
Algo casi asustado.
—¿Por qué me miras así?
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras esperando que desaparezca.
Su mandíbula se tensó.
—Casi te vi morir.
No sabía qué responder.
Se inclinó un poco más.
—Siete balas.
Mis ojos se abrieron.
—¿Siete?
—Sí.
—¿Siete?
—Deberías estar muerta.
Tragué saliva.
—Entonces, ¿por qué no lo estoy?
Dominic me observó durante largo rato.
—Porque eres obstinada.
A pesar de todo, casi sonreí.
—Eso no es un diagnóstico médico.
—No.
Su pulgar rozó mis nudillos.
—Pero funcionó.
Lo miré.
No entendía la forma en que me observaba.
No era gratitud.
No era lástima.
Era algo más profundo.
Algo peligroso.
Antes de que pudiera preguntar, la puerta se abrió.
Entró una enfermera.
—Señor Rossi, el médico necesita…
Se detuvo al verme despierta.
—Dios mío.
Dominic se levantó.
—Está despierta.
La enfermera corrió hacia mí.
En cuestión de minutos, los médicos rodeaban mi cama.
Preguntas.
Luces.
Escáneres.
Presión arterial.
Analgésicos.
Respondí todo lo que pude.
Pero una pregunta seguía regresando a mi mente.
¿Quién era Dominic Rossi?
La enfermera lo miró.
Él no respondió.
El médico sí.
—El señor Rossi es una de las razones por las que usted sigue viva.
Miré a Dominic.
No dijo nada.
Entonces me di cuenta de algo.
Todos los guardias de seguridad del pasillo lo miraban antes de moverse.
Las enfermeras parecían ponerse nerviosas cuando él pasaba.
Los médicos le hablaban con cuidado.
Y nadie le decía que no.
Yo había visto aquella clase de poder antes.
No en hospitales.
En periódicos.
En televisión.
En conversaciones susurradas en el restaurante.
Dominic Rossi.
La familia Rossi.
Crimen organizado.
Dinero.
Armas.
Asesinatos.
Volví a mirarlo.
—Eres él.
Su expresión cambió.
—¿Conoces mi nombre?
—Todo el mundo conoce tu nombre.
—Eso no es necesariamente cierto.
—Lo es de donde yo vengo.
Se sentó.
Retiré mi mano de la suya.
Sus ojos bajaron hacia el espacio que había quedado entre nosotros.
—¿Eres un gánster?
No mintió.
—Sí.
De repente, la habitación pareció más fría.
Miré hacia la puerta.
—Entonces, ¿por qué estoy aquí?
—Porque salvaste a mi madre.
—Eso no explica los guardias.
—No.
—Ni el ala privada del hospital.
—No.
—Ni por qué sigues aquí.
—No.
Lo miré directamente.
—Entonces explícame.
Guardó silencio.
Finalmente dijo:
—Porque alguien intentó matarte.
—Porque me puse delante de una bala destinada a tu madre.
—Sí.
—Entonces, una vez que ella esté a salvo, dejaré de ser tu problema.
Sus ojos se endurecieron.
—Te equivocas.
—¿Por qué?
—Porque el tirador sabía quién eras.
Mi corazón pareció detenerse.
—¿Qué?
Dominic se inclinó hacia delante.
—No estaba disparando al azar.
—Yo era camarera.
—Llevabas champán.
—Estaba trabajando para el catering.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué iba a conocerme?
Dominic no respondió.
Lo miré fijamente.
—¿Qué no me estás contando?
Su silencio fue respuesta suficiente.
Retiré completamente mi mano.
—Vete.
Su expresión no cambió.
—Estás en peligro.
—No me importa.
—Debería importarte.
—No te conozco.
—Lo sé.
—Y no quiero conocerte.
—Eso puede cambiar.
—No.
Se puso de pie.
Por un segundo pensé que discutiría conmigo.
En lugar de eso, simplemente asintió.
—Descansa.
Caminó hacia la puerta.
Después se detuvo.
Sin darse la vuelta, dijo:
—El hombre que te disparó está muerto.
Miré su espalda.
—¿Lo mataste tú?
—No.
Giró ligeramente la cabeza.
—Lo mataron antes de que pudiera llegar hasta él.
Y se marchó.
Aquella noche no dormí.
Porque solo había una idea dando vueltas en mi cabeza.
Alguien había querido matar a Isabella.
Pero Dominic creía que el tirador me conocía.
Y yo no entendía por qué.
Dos días después llegó la policía.
El detective Marcus Reed era mayor, parecía cansado y resultaba considerablemente menos intimidante que Dominic.
Se presentó y se sentó junto a mi cama.
—Tenemos que hacerle algunas preguntas.
Asentí.
Me enseñó fotografías.
El salón de baile.
El tirador.
El pasillo de servicio.
Una fotografía de Isabella.
Identifiqué todo lo que pude.
Entonces me mostró la fotografía de un hombre.
La observé.
—¿Lo conoce?
—No.
—¿Está segura?
—Sí.
Me estudió.
—Este hombre trabajaba para Victor Costa.
—¿Quién es Victor Costa?
El detective Reed intercambió una mirada con su compañero.
—El mayor rival de Dominic Rossi.
Tragué saliva.
—Entonces, ¿por qué disparó contra Isabella?
—Creemos que Costa lo ordenó.
—¿Por qué?
—No lo sabemos.
—Entonces, ¿por qué estoy involucrada yo?
El detective vaciló.
—Eso es lo que estamos intentando averiguar.
Sacó otra fotografía.
Era de mi madre.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué es eso?
—Su madre.
—¿Por qué tiene una fotografía de ella?
—La encontramos en el apartamento del tirador.
Sentí que la sangre se me helaba.
—¿Mi madre?
—Sí.
Intenté incorporarme.
El dolor atravesó mis costillas.
La enfermera corrió hacia mí.
—Despacio.
—¿Por qué tenía una foto de mi madre?
El detective Reed parecía incómodo.
—No lo sabemos.
—Entonces averígüenlo.
Asintió.
—Lo estamos intentando.
—No.
Lo miré fijamente.
—Averígüenlo.
El detective se levantó.
—Lo haremos.
Antes de marcharse, se detuvo.
—Hay una cosa más.
—¿Qué?
—El tirador tenía una lista.
Me entregó la fotografía de una hoja escrita a mano.
Había seis nombres.
El primero era Isabella Rossi.
El segundo, Dominic Rossi.
El tercero, Enzo Bellini.
El cuarto era…
Mi nombre.
Mis manos comenzaron a temblar.
—¿Qué significa esto?
El detective Reed no respondió.
Miré el quinto nombre.
Era el de mi madre.
El sexto estaba tachado.
—¿Quién es?
—No lo sabemos.
Lo miré.
—¿No lo saben?
—Todavía no hemos identificado el nombre.
Después se marchó.
Me quedé mirando la lista.
Mi madre.
Yo.
Dominic.
Isabella.
¿Por qué?
Aquella noche Dominic regresó.
Yo lo estaba esperando.
Entró en la habitación.
Levanté la fotografía.
—Lo sabías.
Se detuvo.
—Sabías que mi nombre estaba en la lista.
No respondió.
—Lo sabías.
—Sí.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque estabas recuperándote.
—Eso no es una respuesta.
—No.
Se acercó.
—La verdad es peor.
—Dímela.
Miró la fotografía.
Después me miró.
—Tu madre no es la mujer que tú crees.
Contuve la respiración.
—¿Qué?
—Trabajó para mi padre.
Lo miré fijamente.
—Eso es imposible.
—No era simplemente una mujer corriente.
—Yo conozco a mi madre.
La expresión de Dominic se suavizó.
—No.
Negó con la cabeza.
—Conoces a la mujer que te crió.
Se acercó otro paso.
—No sabes quién era antes de que tú nacieras.
Sentí que la habitación se inclinaba.
—¿Qué hacía?
—Llevaba registros.
—¿Qué clase de registros?
—Registros financieros.
Lo miré.
—Mi madre trabajaba en contabilidad.
—¿Dónde?
—En varias empresas.
—¿Cuáles?
De repente, no pude recordarlo.
Siempre había sido muy vaga respecto a su trabajo.
Dominic continuó.
—Mi padre utilizaba empresas legítimas para mover dinero ilegal.
Sentí un nudo en el estómago.
—Tu madre lo descubrió.
—¿Y?
—Lo copió todo.
Lo miré.
—¿Por qué?
—Para protegerse.
—¿De tu padre?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué sigue viva?
Dominic me miró.
—Porque desapareció.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—Mi madre nunca desapareció.
—No según nuestros registros.
—¿Qué registros?
—Los registros de los Rossi.
Negué con la cabeza.
—No.
—Tu madre cambió de nombre.
—¿Qué?
—Era Ellen Hart.
Dejé de respirar.
—Mi madre se llama Ellen Parker.
—Parker es el nombre que utilizó después de desaparecer.
No podía hablar.
Dominic metió una mano dentro de su chaqueta.
Colocó una vieja fotografía sobre la mesa.
Una mujer más joven estaba junto a un automóvil negro.
Mi madre.
Pero no estaba sola.
A su lado estaba el padre de Dominic.
Y un tercer hombre.
Lo señalé.
—¿Quién es?
El rostro de Dominic se volvió ilegible.
—El abogado de mi padre.
—¿Por qué está mi madre con ellos?
—Porque hace veintisiete años todos estuvieron involucrados en algo que casi provocó una guerra.
Lo miré.
—¿Y qué tiene eso que ver conmigo?
Su silencio me aterrorizó más que cualquier respuesta.
—Todo.
Tres días después trasladaron a mi madre de Cleveland a Nueva York bajo protección armada.
No la había visto desde el tiroteo.
Cuando entró en mi habitación del hospital, parecía más pequeña de lo que recordaba.
Más pálida.
Más vieja.
Se detuvo al ver a Dominic.
El color desapareció de su rostro.
—Tú.
Dominic asintió.
—Hola, Ellen.
Mi madre me miró.
Después volvió a mirarlo.
—La encontraste.
—Sí.
—¿Qué le has contado?
—La verdad.
Mi madre cerró los ojos.
—No.
La miré.
—Mamá.
Los abrió.
Nunca había visto tanto miedo en su rostro.
—¿Qué ocurrió?
Se sentó junto a mí.
Le temblaban las manos.
—Quería contártelo.
—¿Cuándo?
—Después de que muriera tu padre.
—¿Mi padre?
Fruncí el ceño.
—Dijiste que murió antes de que yo naciera.
Miró a Dominic.
Él permaneció en silencio.
—Mamá.
Comenzó a llorar.
—Tu padre no está muerto.
La habitación desapareció a mi alrededor.
—¿Qué?
—Está vivo.
No podía hablar.
—¿Dónde?
Negó con la cabeza.
—No lo sé.
Dominic finalmente intervino.
—Sabes exactamente dónde está.
Mi madre lo miró.
—Te has convertido en alguien igual que tu padre.
La mandíbula de Dominic se tensó.
—No.
Dio un paso adelante.
—Precisamente por eso me niego a convertirme en él.
Mi madre me miró.
—Tu padre se llamaba Gabriel Rossi.
Mi corazón se detuvo.
Miré a Dominic.
No se movió.
—Tu padre —susurró mi madre— era el tío de Dominic.
Silencio.
Miré a Dominic.
Él me sostuvo la mirada.
La realidad fue llegando lentamente.
Yo no estaba relacionada con la familia Rossi por culpa del tiroteo.
Había estado conectada con ellos desde antes de nacer.
Mi madre había formado parte de su mundo.
Mi padre pertenecía a su propia sangre.
Y Dominic lo sabía.
Lo había sabido antes incluso de que nos encontráramos aquella noche.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Su rostro se tensó.
—Porque no sabía cómo.
—Tú ya sabías quién era yo.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes del tiroteo. Pero no supe que alguien te había convertido en objetivo hasta aquella noche.
Lo miré fijamente.
—¿Cómo podías saber quién era?
—Reconocí quién eras cuando te vi.
Miré a mi madre.
Ella susurró:
—Dominic estaba allí la noche en que naciste.
Me quedé paralizada.
—¿Qué?
—Tenía diecisiete años.
Dominic bajó los ojos.
—Mi padre me ordenó vigilar la casa.
Lo miré.
—¿Me viste?
—Sí.
—¿Me viste cuando era un bebé?
—Sí.
—¿Y me recordaste?
Asintió.
No podía respirar.
—Por eso me mirabas de aquella manera en el salón.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque reconocí tu rostro.
Lo miré fijamente.
—¿Después de tantos años?
—Te recordaba.
—¿Por qué?
Tragó saliva.
—Porque eras lo único inocente que había en aquella casa.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Qué casa?
—La de mi padre.
Mi madre comenzó a llorar.
Dominic continuó.
—Tu madre intentó escapar.
—¿Por qué?
—Porque mi padre descubrió que había copiado los registros financieros.
—¿Y mi padre?
—La ayudó.
—¿Entonces qué ocurrió?
—Mi padre ordenó que mataran a ambos.
Miré a mi madre.
—¿Lo hizo?
Negó con la cabeza.
—Tu padre desapareció.
—¿Por qué?
—Hizo un trato.
—¿Con quién?
Miró a Dominic.
—Con la única persona a la que tu abuelo temía.
Fruncí el ceño.
—¿Quién?
Mi madre susurró:
—Victor Costa.
La habitación quedó en silencio.
La expresión de Dominic cambió.
—Estás mintiendo.
—No.
—Me dijeron que mi tío nos había traicionado.
—Lo hizo.
—Entonces, ¿por qué Costa lo protegió?
—Porque tu tío le entregó algo.
—¿Qué?
Mi madre me miró.
—A ti.
Dejé de respirar.
—¿Qué?
—Tu padre le entregó a Costa los registros.
Mi mente no podía procesarlo.
—¿Por qué iba a darle pruebas?
—Porque aquellos documentos contenían los nombres de todos los implicados.
—¿Y?
—La vida de tu padre dependía de que esos registros siguieran existiendo.
Dominic la miró fijamente.
—Así que Costa los tiene.
Mi madre asintió.
—Siempre los ha tenido.
—Entonces, ¿por qué atacar a Isabella?
—Porque Isabella sabe dónde está la copia de seguridad.
Dominic se volvió hacia mí.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Qué copia?
Mi madre me miró.
—Tú.
La miré fijamente.
—¿Qué?
—La copia de seguridad no es un archivo.
Metió la mano en su bolso.
Sacó una vieja fotografía.
Yo aparecía en ella siendo un bebé.
Alrededor de mi muñeca había una diminuta pulsera de plata.
Mi madre la señaló.
—Esa pulsera contiene la clave.
Me toqué instintivamente la muñeca.
La había llevado desde que podía recordar.
—¿Qué clave?
—Los registros estaban cifrados.
El rostro de Dominic se endureció.
—¿La pulsera?
Mi madre asintió.
—La clave de cifrado original está grabada dentro del cierre.
Miré mi muñeca.
De repente, la pulsera parecía pesar cien kilos.
Dominic se acercó.
—Tenemos que sacarte de aquí.
—¿Adónde?
—A un lugar seguro.
—No.
Se detuvo.
—Quiero respuestas.
—Las tendrás.
—No.
Lo miré.
—No detrás de otra puerta cerrada.
Me estudió.
—Todavía estás débil.
—No me importa.
—Casi moriste.
—Lo sé.
—No estás a salvo.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué estás luchando contra mí?
—Porque todo el mundo sigue decidiendo lo que yo debo saber.
Miré a mi madre.
—He pasado veintiséis años creyendo que mi vida era normal.
Mi voz temblaba.
—Y ahora descubro que mi padre está vivo, que mi madre me mintió, que tu familia está conectada con la mía y que alguien intentó matarme.
Miré a Dominic.
—Así que no me digas lo que puedo soportar.
Me observó.
Después asintió lentamente.
—De acuerdo.
Metió una mano en el bolsillo.
Colocó un segundo anillo sobre la mesa.
Este era de plata.
—¿Qué es?
—Era de mi madre.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué me lo enseñas?
—Porque hay algo que todavía no te he explicado sobre el anillo de oro.
Miré mi mano.
—Yo no me lo puse.
—Lo sé.
Respiró profundamente.
—Fui yo.
—¿Por qué?
—Porque tenía miedo de que fueras a morir.
Mi corazón se aceleró.
—Y si morías, quería que te fueras de este mundo sabiendo que alguien te había elegido para protegerte.
Lo miré fijamente.
—Apenas me conocías.
Sus ojos encontraron los míos.
—Te había observado durante nueve años.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Te vi en el restaurante.
Abrí la boca.
—¿Has estado en mi restaurante?
—Muchas veces.
—¿Por qué?
—Porque quería saber en qué clase de mujer te habías convertido.
—¿Por qué?
Apartó la mirada.
—Porque cuando tenía diecisiete años le prometí a tu madre que te protegería.
Sentí que algo se rompía dentro de mi pecho.
—¿Has estado vigilándome?
—Desde lejos.
—Eso es aterrador.
—Lo sé.
—Acosador.
La comisura de su boca casi se levantó.
—Probablemente.
A pesar de todo, me reí.
Dolió.
Hice una mueca.
Inmediatamente extendió una mano hacia mí.
—No te rías.
—Eres imposible.
—Tú también.
Nos quedamos mirándonos.
Durante un frágil instante, el mundo exterior desapareció.
Entonces se apagaron las luces.
Todas las alarmas del hospital comenzaron a sonar.
Dominic reaccionó al instante.
Sacó su arma.
—Quédate detrás de mí.
El pasillo estalló en disparos.
Los cristales se hicieron añicos.
La gente gritó.
Dominic empujó la cama hacia la pared.
Sus hombres irrumpieron en la habitación.
Enzo apareció.
—Los hombres de Costa.
Dominic me miró.
—¿Puedes caminar?
—Apenas.
—Entonces vas a aprender.
Me levantó de la cama.
El dolor me atravesó el pecho.
Grité.
Sus brazos se cerraron con más fuerza alrededor de mí.
—Te tengo.
El pasillo se llenó de humo.
Dominic me llevó en brazos por la escalera de emergencia.
Las balas golpearon la puerta metálica detrás de nosotros.
Enzo gritó:
—¡Muévanse!
Bajamos tres pisos.
Yo apenas podía respirar.
Dominic no me soltó ni una sola vez.
Cuando llegamos al estacionamiento, nos esperaba una SUV.
Me colocó dentro.
Después subió a mi lado.
El vehículo aceleró.
Miré hacia atrás.
El hospital desapareció detrás de nosotros.
—¿Adónde vamos?
—A mi casa.
—¿Tu casa?
—Mi propiedad.
—Probablemente eso sea peor.
—Lo es.
Lo miré.
—¿Siempre estás así de tranquilo?
—No.
—¿Cuándo no estás tranquilo?
—Cuando estás sangrando.
Bajé la mirada.
Mi bata del hospital volvía a estar roja.
—Ah.
La expresión de Dominic se endureció.
—Mantén los ojos abiertos.
—Los tengo abiertos.
—Bien.
Tomó mi mano.
—Quédate conmigo.
Apreté sus dedos.
—Lo intentaré.
—No.
Me miró directamente.
—Lo harás.
No sé por qué.
Pero le creí.
La propiedad de los Rossi se encontraba detrás de dos enormes puertas de hierro en el valle del Hudson.
No era una mansión.
Era una fortaleza fingiendo ser una mansión.
Cámaras de seguridad.
Guardias armados.
SUV negras.
Puertas de acero.
Cuando Dominic me llevó en brazos al interior, todos se detuvieron.
Escuché susurros.
—Es ella.
—La mujer del hotel.
—¿Sobrevivió?
Dominic los ignoró.
Me llevó arriba.
Mi madre nos siguió.
Enzo entró detrás.
—Dominic.
—¿Qué?
—Tenemos un problema.
—¿Costa?
—Peor.
Dominic se detuvo.
—¿Qué?
Enzo levantó un teléfono.
—Alguien accedió a los registros de respaldo.
Mi madre soltó un jadeo.
—Eso es imposible.
Enzo me miró.
—Se utilizó la clave de cifrado.
Sentí que la sangre se me helaba.
Toqué la pulsera.
—Alguien copió la clave.
Los ojos de Dominic se estrecharon.
—No.
Miró a mi madre.
—¿Quién sabía lo de la pulsera?
Ella vaciló.
—Solo tres personas.
—¿Quiénes?
—Yo.
Señaló a Dominic.
—Tu padre.
Después me miró.
—Y tú.
Fruncí el ceño.
—Yo no sabía nada.
—Exactamente.
Dominic lo comprendió.
Alguien más lo sabía.
Alguien había estado dentro de mi vida el tiempo suficiente para descubrir la pulsera.
Alguien había estado esperando.
Mi teléfono sonó.
Número desconocido.
Dominic intentó tomarlo.
Lo detuve.
—No.
Respondí.
Silencio.
Entonces escuché la voz de un hombre.
—Hola, cariño.
Todo mi cuerpo se quedó rígido.
Mi madre se cubrió la boca.
Los ojos de Dominic se afilaron.
—¿Papá?
Lo susurré.
La voz rio.
—Hola, hija.
Dominic me quitó el teléfono.
—Gabriel.
La voz se volvió más fría.
—Dominic.
—Pensé que estabas muerto.
—He sido muchas cosas.
La mandíbula de Dominic se tensó.
—¿Qué quieres?
—A ella.
—No.
—Entonces los registros desaparecerán.
Dominic me miró.
—¿Qué registros?
—Todo lo que robó tu padre.
Gabriel rio.
—Todo lo que ocultó tu madre.
Después su voz se suavizó.
—Y todo lo que construyó tu familia.
Dominic dijo:
—No te la vas a llevar.
Gabriel volvió a reír.
—Ya cometiste ese error.
Dominic frunció el ceño.
—¿Qué error?
—Le diste el anillo Rossi.
Silencio.
Mis ojos se abrieron.
Gabriel continuó:
—Vi la fotografía.
Dominic miró mi dedo.
El anillo de oro.
—Sabía que lo harías.
El rostro de Dominic palideció.
—¿Lo sabías?
—Por supuesto.
—¿Por qué?
—Porque eres hijo de tu padre.
Gabriel colgó.
Dominic se quedó mirando el teléfono.
Toqué su brazo.
—¿Qué quiso decir?
No respondió.
—Dominic.
Finalmente me miró.
—Tengo que contarte algo.
—¿Qué?
—El anillo.
Bajé la mirada.
—¿El de oro?
—Sí.
—¿Qué pasa con él?
—Perteneció a mi abuela.
—¿Y?
—Lo llevaba cuando se casó con mi abuelo.
Esperé.
La voz de Dominic bajó.
—Existe una tradición en la familia Rossi.
—¿Qué tradición?
—Cuando un hombre Rossi entrega ese anillo a una mujer, significa que está bajo la protección de la familia.
Lo miré.
—De acuerdo.
—No es una protección temporal.
Me sostuvo la mirada.
—Es permanente.
Tragué saliva.
—No me dijiste eso.
—Lo sé.
—¿Por qué?
—Porque si lo hubieras sabido, probablemente te lo habrías quitado.
Miré el anillo.
—Tienes razón.
Asintió.
—Puedes hacerlo.
Lo miré.
—¿Qué?
—Puedes quitártelo.
Mantuvo los ojos sobre los míos.
—No voy a impedírtelo.
Mis dedos tocaron el anillo.
Debería haberlo retirado.
En cambio, susurré:
—¿Qué ocurre si no lo hago?
Su expresión cambió.
—Entonces aceptas la protección de mi familia.
Mi corazón latía con fuerza.
—¿Eso es todo?
—Por ahora.
—¿Por ahora?
Dio un paso más cerca.
—Porque hay algo más que quería preguntarte cuando estuvieras recuperada.
Lo miré.
—¿Qué?
—Algo que no tengo derecho a decidir por ti.
Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.
—¿Y si mi respuesta es no?
—La aceptaré.
—¿De verdad me dejarías marchar?
Apartó la mirada.
—Te mantendría a salvo.
—Eso no es lo que te he preguntado.
Volvió a mirarme.
—Sí.
Un extraño dolor se extendió por mi pecho.
—Entonces, ¿por qué?
—Porque te amo.
Las palabras me dejaron inmóvil.
Sin manipulación.
Sin amenazas.
Sin un gran discurso.
Solo cuatro palabras.
No sabía qué hacer con ellas.
—No me conoces.
—Sé lo suficiente.
—Me observaste durante años.
—Sí.
—Podrías haberte acercado.
—Tenía miedo.
—¿Tú?
—Sí.
—¿De mí?
—De aquello en lo que podía convertirme si me permitía acercarme a ti.
No lo entendía.
Entonces susurró:
—Mi padre destruyó a todas las personas que amó.
Me miró.
—Pasé mi vida creyendo que el amor era una debilidad.
—¿Y ahora?
—Ahora creo que es lo único que me hace humano.
Lo miré.
Mi corazón latía demasiado rápido.
—No sé si te amo.
—Lo sé.
—Pero confío en ti.
Cerró los ojos brevemente.
—Eso es suficiente.
Entonces alguien gritó abajo.
Enzo llamó:
—¡Dominic!
Dominic tomó su arma.
—Quédate aquí.
—No.
Me miró.
—Estás herida.
—Tú también.
—Yo puedo luchar.
—Yo también.
—Apenas puedes mantenerte de pie.
—Todavía puedo disparar.
Casi sonrió.
—Que Dios me ayude.
Me entregó un arma.
—Quédate detrás de mí.
Bajamos.
Habían penetrado en la propiedad.
Tres hombres armados avanzaban por el vestíbulo.
Dominic disparó primero.
Dos cayeron.
El tercero huyó.
Enzo fue tras él.
Entonces regresaron las luces.
Silencio.
Dominic miró alrededor.
—¿Dónde está mi madre?
Mi corazón se detuvo.
Corrimos arriba.
Su habitación estaba vacía.
Sobre la cama había una única nota.
Dominic la recogió.
Tres palabras.
TRÁELA SOLA.
Sentí que se me hundía el estómago.
—Se han llevado a Isabella.
Dominic arrugó el papel.
—Costa.
Negué con la cabeza.
—No.
Me miró.
—No es Costa.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque Costa quiere los registros.
Miré la nota.
—Esto dice que me lleves a mí.
Los ojos de Dominic se oscurecieron.
—Entonces es Gabriel.
Tres horas después estábamos frente a una iglesia abandonada de Brooklyn.
Llevaba un chaleco antibalas debajo de un abrigo negro.
Dominic estaba a mi lado.
Enzo esperaba detrás.
—Quédate en el coche —dijo Dominic.
—No.
—Por favor.
Lo miré.
Aquella única palabra lo cambió todo.
No me estaba dando una orden.
Me lo estaba pidiendo.
Me acerqué.
—Me prometiste que podría tomar mis propias decisiones.
—Sí.
—Entonces voy contigo.
Asintió.
—De acuerdo.
Dentro de la iglesia ardían velas a ambos lados del pasillo.
Isabella estaba atada a una silla.
Detrás de ella se encontraba Gabriel Rossi.
Mi padre.
Era exactamente igual al hombre de la fotografía.
Más viejo.
Frío.
Vivo.
Sonrió al verme.
—Por fin.
Dominic avanzó.
—Me querías a mí.
Gabriel lo miró.
—No.
Sonrió.
—Quería a mi hija.
Me quedé inmóvil.
—¿Por qué?
—Porque tú eres la clave.
—¿La clave de qué?
—De la verdad.
Señaló hacia el altar.
Había una caja metálica.
—Ábrela.
Miré a Dominic.
Asintió.
Me acerqué.
El cierre de la pulsera encajó en una pequeña ranura.
Presioné.
La caja se abrió.
Dentro había cientos de páginas.
Nombres.
Cuentas.
Fotografías.
Pagos.
Jueces.
Policías.
Políticos.
Empresarios.
Todo.
Isabella comenzó a llorar desde la silla.
Gabriel sonrió.
—Ahora lo entiendes.
Lo miré.
—Mataste personas por esto.
—No.
Negó con la cabeza.
—La gente mataba por dinero.
Miró a Dominic.
—Yo mataba para sobrevivir.
La voz de Dominic era helada.
—Mataste a mi padre.
—Sí.
—Intentaste matar a mi madre.
Gabriel miró brevemente a Isabella.
—Sí.
—Intentaste matarla a ella.
Gabriel me miró.
Sonrió.
—Sí.
Dominic levantó su arma.
Me interpuse entre ellos.
—No.
Me miró.
—Apártate.
—No.
—Ponte detrás de mí.
—No.
Gabriel rio.
—¿Lo ves?
Miró a Dominic.
—Ya te controla.
Me volví hacia Gabriel.
—Te equivocas.
Levantó una ceja.
—Yo lo elijo a él.
Dominic me miró fijamente.
Continué:
—Pero no le pertenezco.
La sonrisa de Gabriel desapareció.
—Me pertenezco a mí misma.
Entonces las puertas de la iglesia se abrieron de golpe.
Agentes federales irrumpieron en el interior.
El rostro de Gabriel cambió.
Isabella los miró sorprendida.
Dominic me observó.
—¿Qué hiciste?
Sonreí.
—Envié copias de los registros a la policía antes de venir.
Sus ojos se abrieron.
—¿Qué hiciste?
—Aprendí de ti.
—¿Cómo?
—No confíes en nadie.
Me miró fijamente.
Entonces sonrió.
Por primera vez vi algo parecido al orgullo en sus ojos.
Gabriel fue arrestado.
Los registros fueron confiscados.
La organización Rossi se desmoronó durante los seis meses siguientes.
Políticos dimitieron.
Jueces fueron investigados.
Los bancos congelaron cuentas.
Hombres que se habían creído intocables descubrieron que el papel podía ser más peligroso que las balas.
Dominic cooperó.
Testificó.
Entregó negocios.
Desmanteló las operaciones relacionadas con armas.
Abandonó el imperio que su padre había construido.
Algunos lo llamaron traidor.
Otros lo llamaron débil.
Otros lo llamaron héroe.
A él no le importó.
Porque seis meses después del tiroteo volvió a estar junto a mí.
Esta vez no estaba inconsciente.
Llevaba un vestido blanco.
Dominic sostenía un sencillo anillo de oro.
El mismo anillo.
Pero esta vez preguntó.
—¿Quieres casarte conmigo?
Lo miré.
—Sabes que soy difícil.
—Sí.
—Obstinada.
—Sí.
—Pobre.
—No.
Me reí.
—Hablo en serio.
—Yo también.
—No quiero tu dinero.
—Lo sé.
—No quiero necesitar tu protección.
—Lo sé.
—No quiero ser la señora Rossi porque la gente tenga miedo de ti.
Se acercó.
—Entonces no lo seas por eso.
Lo miré a los ojos.
—¿Por qué me quieres?
—Porque entraste en un salón llevando champán y saliste de allí llevándote todo mi corazón.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
Tomó mi mano.
—Salvaste a mi madre.
—Tú me salvaste a mí.
—Me diste una razón para marcharme de aquella vida.
—Y tú me diste una razón para quedarme.
Se arrodilló frente a mí.
—No puedo prometerte una vida fácil.
—No necesito una.
—No puedo prometerte que nunca habrá peligro.
—Lo sé.
—No puedo prometerte que nunca tendré miedo.
Sonreí.
—Bien.
Levantó la mirada.
—¿Bien?
—No quiero a un hombre que no tenga miedo de perderme.
Rio suavemente.
Entonces susurré:
—Sí.
Deslizó el anillo en mi dedo.
Esta vez estaba despierta.
Esta vez yo lo había elegido.
Y cuando me besó, no hubo armas.
Ni sangre.
Ni gritos.
Ni máquinas de hospital.
Solo la risa tranquila de mi madre desde la puerta.
Años después, la gente todavía preguntaba cómo una trabajadora de catering de veintiséis años, sin dinero, había terminado casándose con Dominic Rossi.
Querían una respuesta glamorosa.
Querían escuchar que yo había sido rica en secreto.
Que mi padre me había dejado un imperio.
Que Dominic me había rescatado.
La verdad era más sencilla.
Yo salvé a su madre.
Él me salvó a mí.
Y en algún punto entre esas dos cosas, terminamos salvándonos el uno al otro.
Mi madre se recuperó.
Nunca dejó de disculparse por todos los secretos que me había ocultado.
Con el tiempo, dejé de pedirle que lo hiciera.
Dominic se convirtió en algo que nadie esperaba.
Abrió negocios legítimos.
Financió investigaciones sobre enfermedades cardíacas.
Creó una fundación para víctimas del crimen organizado.
Se negó a utilizar el apellido Rossi en cualquiera de sus negocios.
Y todos los años, en el aniversario del tiroteo, me llevaba de regreso al Hotel Aster Crown.
No porque disfrutáramos recordándolo.
Sino porque queríamos recordar lo cerca que habíamos estado de no tener nunca una segunda oportunidad.
Un año, nos quedamos de pie debajo de la misma lámpara de cristal.
Toqué la cicatriz bajo mis costillas.
Dominic lo notó.
—¿Dolor?
—Ya no.
Me miró.
—¿Arrepentimiento?
Sonreí.
—Nunca.
Tomó mi mano.
El anillo de oro atrapó la luz.
El mismo anillo que había colocado en mi dedo hinchado cuando yo estaba inconsciente.
El mismo anillo que una vez había creído que representaba una decisión tomada sin mí.
Pero ahora lo entendía.
La primera vez, Dominic lo había colocado en mi dedo porque estaba aterrorizado ante la posibilidad de que muriera sin saber que alguien había decidido protegerme.
La segunda vez, lo llevaba porque yo había decidido elegirlo a él.
Había una diferencia.
Una diferencia enorme.
Besó mi frente.
—¿Sabes una cosa?
—¿Qué?
—Todavía recuerdo lo primero que me dijiste.
Me reí.
—¿Cuando casi dejé caer el champán?
—No.
—¿Cuando te dije que dejaras de asustar al personal?
—No.
—Entonces, ¿qué?
Sonrió.
—Me preguntaste si ser nueva era un delito.
Negué con la cabeza.
—Y pensaste que era arrogante.
—Lo eras.
—Todavía lo soy.
—Definitivamente.
Me acercó más a él.
—¿Volverías a hacerlo?
—¿Qué?
—¿Ponerte delante de una bala?
Lo miré.
—No.
Se rio.
—Bien.
—Primero te empujaría a ti.
Su risa resonó por todo el salón.
Y por primera vez comprendí algo.
La mujer que había entrado en aquel salón necesitando cuatrocientos dólares para pagar los gastos médicos de su madre había salido de allí llevando algo que valía mucho más.
No dinero.
No poder.
No protección.
Una familia.
Un futuro.
Un hombre que alguna vez había creído que amar era una debilidad.
Y una vida que ninguno de los dos había sido lo bastante valiente como para imaginar.
A veces el destino no llega con suavidad.
A veces llega en forma de siete balas.
A veces destroza tu vida antes de entregarte la verdad.
A veces la persona que parece más peligrosa es quien pasa el resto de su vida asegurándose de que nunca tengas que volver a sentir miedo.
Y a veces la mayor historia de amor no comienza con una boda…
sino con una mujer desangrándose en una cama de hospital,
un hombre aterrorizado sosteniendo su mano,
un anillo colocado como promesa de protección,
y unas palabras susurradas en la oscuridad:
—Ahora, cualquiera que venga por ti tendrá que pasar primero por mí.
La primera vez que lo dijo, yo no pude escucharlo.
La segunda vez, sí.
Y esta vez le susurré:
—Entonces no me sueltes nunca.
No lo hizo.
Ni una sola vez.