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Mi nuera me arrinconó contra la pared del juzgado y me gritó que yo avergonzaba a la familia. Mi hijo, su abogado, solo me pidió que lo esperara abajo. Le dije: “Claro, hijo.” Diez minutos después, todos en la sala se pusieron de pie cuando entré.

Diez minutos después, todos se pusieron de pie

I. El pasillo del segundo piso

La mujer de la pared era yo.

Sesenta y seis años. Pelo gris recogido en un chongo bajo. Aretes de perla que me regaló mi mamá. Un suéter color café con leche, un cárdigan crema con los puños gastados, una falda café oscuro.

Así me vieron esa mañana en el pasillo del segundo piso de los juzgados civiles de Guadalajara.

Una señora más.

Una de esas que llegan temprano, se sientan en la banca de metal y esperan a que alguien les diga dónde firmar.

Mi nombre es Ofelia Zamudio Rentería.

Y esa mañana, mi nuera me empujó del hombro contra el mármol.

No fue muy fuerte. No necesitaba serlo.

Mi espalda tocó la pared fría y todo el pasillo se quedó callado.

Una secretaria con un altero de expedientes se detuvo. Dos abogados voltearon. Al fondo, Fermín, el policía del piso, dio un paso hacia nosotras.

Lo miré.

Moví la cabeza apenas. Un “no” chiquito.

Fermín se quedó donde estaba.

Romina se acercó tanto que olí su perfume antes de oír su voz.

—¡Avergüenzas a esta familia!

Vestido azul rey, entallado. Chongo alto, ni un pelo fuera de lugar. Labios rojos. Uñas rojas. Tacones rojos.

Puso la mano en la pared, junto a mi cara, como quien cierra una puerta.

Detrás de ella estaba Esteban.

Mi único hijo.

Traje gris. Camisa blanca. Sin corbata, con el cuello abierto, como si le faltara el aire.

Romina giró la cabeza hacia él.

—¡Sácala de aquí!

Esteban se acercó. Por un segundo, uno solo, pensé que me iba a abrazar.

Puso su mano en mi hombro. La de Romina seguía en el otro.

Dos manos sobre mí. Una que empujaba. Otra que no se atrevía a nada.

—Mamá, espérame abajo.

Lo miré a los ojos. Él miró el piso.

—Claro, hijo.

Y me fui.

II. Lo que nadie en esa familia sabía

Esteban tenía seis años cuando su papá murió en una obra en Tlaquepaque.

Yo tenía treinta y ocho, un niño, una renta y un trabajo de mecanógrafa en un juzgado civil.

Esteban hacía la tarea en una sillita junto a mi escritorio, en el cuarto piso del edificio viejo. Cuando le preguntaban dónde trabajaba su mamá, decía muy orgulloso:

—En el cuarto.

Se refería al piso.

Esa palabra iba a importar mucho, muchos años después.

Estudié Derecho de noche, en la UdeG. Tardé siete años. Pasé de mecanógrafa a actuaria, de actuaria a secretaria de acuerdos en el Juzgado Séptimo de lo Civil.

Pagué la carrera de Esteban con aguinaldos, con tandas, con horas extra.

El 14 de marzo de 2016, a las diez de la mañana, presentó su examen profesional.

Yo pedí el día. Me senté en la tercera fila del auditorio. Lloré cuando le tomaron la protesta.

Tengo la foto. Él con su toga prestada. Yo con mi vestido verde.

En 2019 se casó con Romina Ledesma.

Romina tenía un salón de eventos en Zapopan, muchas amigas y un modo de mirarme como si yo fuera una mancha en el mantel.

Para ella yo era “la señora de la máquina de escribir”.

Después de la boda, Esteban dejó de venir los domingos. Luego dejó de llamar. Luego contestaba con “ahorita no puedo, ma”.

En 2021 gané el concurso de oposición. A los sesenta y un años me nombraron jueza. Hoy soy titular del Juzgado Segundo de lo Civil.

Le marqué a Esteban para invitarlo a la toma de protesta.

—Qué bien, ma. Oye, tengo junta. Te llamo.

No me llamó. No preguntó. Solo entendió que yo “ya había dejado el Séptimo”.

Y eso fue lo que le contó a Romina: que su mamá ya se había jubilado.

Romina vino a mi casa una sola vez, en la Navidad de 2022. Pasó la tarde en mi estudio, viendo mis diplomas y mis papeles. Al despedirse, le di una tarjeta de Navidad firmada con mi nombre completo, como firmo todo.

Yo pensé que era curiosidad.

Ahora sé que fue a buscar cómo firmaba.

III. La lista de las ocho y media

Esa mañana llegué a las ocho y diez, como siempre.

A las ocho y media me avisaron que el licenciado Benítez, titular del Juzgado Cuarto de lo Civil, dos pisos abajo del mío, seguía de licencia médica. Me tocaba cubrir sus audiencias.

Bajé con mi toga en el brazo, como siempre que cubro.

La licenciada Inés Carrasco, su secretaria, me pasó la lista.

Sala 4. Diez horas. Juicio oral.

Actora: Romina Ledesma Fuentes.

Abogado de la actora: licenciado Esteban Zamudio Rentería.

Demandado: Severiano Ochoa Ibarra.

Leí los nombres tres veces.

Dejé la toga en el despacho. Salí al pasillo tal como venía, con mi cárdigan, porque necesitaba verlo con mis propios ojos. Necesitaba saber si era mi hijo.

Era.

Y Romina me vio antes de que yo pudiera decir nada.

Lo que pasó después ya lo saben.

Lo que no saben es esto: Romina no me empujó por vergüenza.

Me empujó por miedo.

IV. Foja 37

Cuando cerré la puerta del despacho, me temblaban las manos. No por el empujón.

Por la cara de Esteban.

Me acomodé un mechón frente al espejo. Me quité el cárdigan y lo colgué junto a la toga.

Inés tocó la puerta con el expediente.

—Jueza, se lo dejo. Una cosa: el convenio que exhiben dice que viene de nuestro expediente 412/2016. No me suena. Iba a pedir el libro de gobierno para cotejar.

—Pídelo. Y dame diez minutos.

Lo leí completo.

Romina demandaba la escrituración de una casa en la colonia Santa Teresita, esquina con abarrotes, “La Esperanza”.

Decía que en 2016 don Severiano Ochoa había firmado un convenio ante el Juzgado Cuarto, comprometiéndose a venderle la casa a ella por dos millones cien mil pesos. Que ella le pagó en efectivo. Que él no quería cumplir.

Por eso la demanda había caído en ese juzgado: porque el convenio supuestamente había salido de ahí.

Una casa que hoy valía ocho millones y medio.

Romina adjuntaba un recibo firmado por don Severiano.

Y en la foja 37, una copia certificada del convenio.

Expediente 412/2016. Juzgado Cuarto de lo Civil.

Certificada el 14 de marzo de 2016.

Firma: Licenciada Ofelia Zamudio Rentería, Secretaria de Acuerdos.

Mi nombre.

Mi firma. O algo que quería parecerse.

Yo nunca trabajé en el Juzgado Cuarto.

Y me quedé mirando esa fecha mucho rato.

El 14 de marzo de 2016 yo no estuve en ningún juzgado.

Estuve en la tercera fila de un auditorio, viendo a mi hijo titularse.

V. “¡Levántense, por favor!”

Me puse la toga.

Me abroché el cuello. Me miré otra vez en el espejo.

La señora de la máquina de escribir se quedó colgada en el perchero.

Salí por la puerta privada.

—¡Levántense, por favor! —dijo Fermín.

Todos se pusieron de pie.

Romina estaba en la primera banca del público, justo detrás de la mesa de su abogado. Así le gustaba sentarse: detrás, como quien manda.

Me vio.

Se le fue el color de la cara. Se le abrió la boca. Las uñas rojas se le quedaron prensadas en el respaldo de la banca.

Esteban, en la mesa, levantó la vista.

Nunca voy a olvidar sus ojos. Eran los del niño de la sillita.

Del otro lado, solo, con un sombrero en las rodillas, estaba un señor muy viejo con lentes gruesos. Don Severiano. Sin abogado. Con una carpeta de plástico llena de recibos de predial.

Me senté.

—Tomen asiento.

Nadie se movía. Tuve que repetirlo.

VI. Lo que no hago como jueza

—Antes de iniciar —dije—, esta juzgadora debe hacer una declaración.

Inés empezó a escribir.

—La actora, la señora Romina Ledesma, es mi nuera. Su abogado, el licenciado Esteban Zamudio, es mi hijo.

Un murmullo recorrió la sala.

—La ley me impide conocer de este asunto. Me excuso. El expediente se remite para que lo resuelva otro juez, conforme al turno.

Romina soltó el aire. Creyó que ahí terminaba todo.

—Pero hay algo más —seguí—. Y eso no lo digo como jueza. Lo digo como la persona cuyo nombre aparece en la foja 37.

Esteban se puso blanco.

—En este expediente hay una copia certificada con mi nombre y mi supuesta firma, de fecha 14 de marzo de 2016.

Miré a mi hijo.

—Licenciado, ¿qué hacía usted el 14 de marzo de 2016 a las diez de la mañana?

No contestó. No tenía que hacerlo.

Lo vi entenderlo.

—Ese día yo no firmé nada. Ese día estaba sentada en la tercera fila viéndote titularte.

Romina se levantó.

—¡Esto es una trampa! ¡Ella está loca, siempre nos ha odiado!

—Siéntese, señora —dijo Fermín.

—Licenciada Carrasco —dije—, que conste en el acta mi manifestación. Lo demás le toca al juez que reciba el expediente.

Me quité los lentes.

—Y hoy en la tarde voy a presentar mi denuncia ante la Fiscalía. Como cualquier ciudadana a la que le usaron el nombre.

Me levanté. Todos se levantaron otra vez.

Y salí por la misma puerta por donde había entrado.

VII. La tienda La Esperanza

Esa tarde fui a la Fiscalía del Estado, en la calzada Independencia.

Esperé dos horas en una silla de plástico, como cualquiera. Así debía ser.

Entregué copia de la foja 37, la foto de la titulación, mi constancia de licencia de ese día y mis nombramientos. En 2016 yo trabajaba en el Juzgado Séptimo. Nunca en el Cuarto.

La agente del Ministerio Público, una muchacha seria de apellido Villaseñor, pidió el libro de gobierno del Juzgado Cuarto.

El expediente 412/2016 existía.

Era un juicio de pensión alimenticia entre dos personas que nunca habían oído hablar de don Severiano.

No había ningún convenio. No había ninguna casa.

Esa misma semana, la jueza que recibió el expediente también dio vista al Ministerio Público.

Tres días después fui a Santa Tere.

La tienda La Esperanza olía a piloncillo y a jabón Zote. Don Severiano estaba detrás del mostrador, con su radio de pilas.

—Usted es la jueza —me dijo.

—Hoy no. Hoy vengo a comprar unas galletas.

Me contó todo.

Cuarenta y nueve años en esa esquina. Viudo. Sin hijos. Desde 2014 tiene glaucoma y ya no firma: pone la huella, porque la letra se le va para todos lados.

—Esa muchacha vino en enero —me dijo—. Muy arreglada. Me ofreció comprar. Le dije que no, que aquí me voy a morir. Se rió y me dijo: “Eso ya lo veremos, don”.

El recibo del expediente tenía una firma derechita, fluida, bonita.

Él no firma así desde hace doce años.

Le pedí que guardara sus recetas del oculista. Iban a servir.

VIII. Lo que Esteban no vio

Esteban llegó a mi casa una semana después, a las once de la noche.

Traía la misma camisa blanca. Arrugada.

Se sentó en la cocina, frente a la Virgen de Guadalupe que tengo sobre el refri desde que él era niño.

—Yo no sabía, ma.

—¿Qué no sabías?

—Que eras jueza. —Se tapó la cara—. Me lo dijiste. Ya me acordé. La llamada. Yo estaba en una junta y… no te oí.

—No me oíste en cinco años, mijo.

Lloró como cuando tenía seis.

Luego me contó lo demás.

Romina le dijo que el convenio era de cuando su papá vivía. Que él le había prestado el dinero para comprar. Que se lo había dejado en una carpeta. Que solo había que demandar.

—Vi tu nombre en la copia —dijo—. Y pensé… pensé que era de cuando tú trabajabas “en el cuarto”. Así le había dicho yo a Romina. Que trabajabas en el cuarto.

En el cuarto piso.

Ella entendió Juzgado Cuarto. Y él, que lo había dicho de niño, se lo creyó de grande.

Por eso pusieron ese juzgado en el sello falso. Por eso me nombraron a mí. Porque yo era, para ellos, una secretaria jubilada. Y si alguien me llamaba a confirmar, Esteban me iba a convencer.

“Tu mamá hace lo que tú le digas”, le decía Romina.

—¿Y la fecha? —le pregunté.

—Romina la escogió. Dijo que era “un día que ya nadie se acuerda”.

Mi hijo se rió, horrible, entre lágrimas.

—Era el día más importante de mi vida y ni me di cuenta.

—¿Por qué estaban tan nerviosos en el pasillo?

—Porque te vio. Romina pensó que habías ido a buscarme. Que alguien te iba a decir “licenciada Zamudio” frente al juez y el juez iba a sumar. Me dijo: “Sácala antes de que alguien la reconozca”.

Le serví un café.

—Mañana vas a ir a la Fiscalía —le dije—. Y vas a decir exactamente esto. Todo.

—Me van a investigar a mí también.

—Sí.

Me miró mucho tiempo.

—Está bien, ma.

IX. La tanda

Esteban declaró. Entregó los correos, los mensajes, la carpeta “de su suegro”, que tenía la fecha de impresión de 2025.

Y entregó algo más: la tarjeta de Navidad de 2022. Romina se la había pedido meses antes “para enmarcarla”. Nunca la enmarcó.

La perito en grafoscopía tardó tres semanas.

La firma de la foja 37 era una imitación de esa tarjeta. El sello no correspondía a ningún sello oficial. El recibo no era de don Severiano.

La Fiscalía encontró al que los hizo: Aldo Ledesma, primo de Romina, gestor de trámites en la avenida Alcalde. En su computadora había plantillas de sellos de tres juzgados.

Y otros dos expedientes.

Una señora de setenta y nueve años en la colonia Jardines del Bosque. Un señor viudo en Analco. Mismo método. Mismas casas viejas en esquina.

Luego apareció la razón.

Romina organizaba una tanda entre veinte mujeres: amigas, clientas, señoras de su salón. Diez mil pesos al mes cada una. Durante dos años les fue pagando a unas con el dinero de otras, mientras el salón perdía.

Debía casi tres millones.

Una constructora le había ofrecido ocho millones y medio por la esquina de don Severiano, “en cuanto tuviera las escrituras”.

Cuando las señoras de la tanda supieron lo del juzgado, fueron todas juntas a la Fiscalía. En camión. Con sus libretitas de pagos.

X. Lo que dijo el juez

Romina fue vinculada a proceso por falsificación de documentos, uso de documento falso y fraude en grado de tentativa. Aldo también.

Intentó irse a Tijuana con una maleta. La detuvieron en la central de autobuses, porque el juez de control le había prohibido salir del estado.

Esteban recibió la suspensión condicional del proceso: reparar el daño, trabajo comunitario, firmar cada mes. El despacho donde trabajaba lo corrió el mismo día.

No intervine en nada de eso. No podía y no quise.

Fui a una sola audiencia, como víctima, sentada en la banca del público.

Romina volteó a verme una vez.

Ya no traía labial.

Un año después, un tribunal la sentenció a seis años. Las señoras de la tanda aplaudieron en el pasillo.

Don Severiano conservó su casa. La jueza civil desechó la demanda.

XI. Domingo en Santa Tere

Esteban vive ahora en un departamento chiquito en la colonia Moderna.

Trabaja en un consultorio jurídico gratuito, ayudando a señores como don Severiano con sus predios y sus testamentos. Gana la tercera parte de lo que ganaba.

Dice que duerme mejor.

Los domingos comemos en la trastienda de La Esperanza. Don Severiano pone el radio, yo llevo pozole y Esteban lleva las tortillas.

El otro día, Esteban sacó la foto de su titulación y la pegó junto a la caja registradora.

—Para que ya nunca se me olvide qué día fue —dijo.

Yo sigo siendo jueza.

Llego a las ocho y diez. Me siento en mi despacho. Cuelgo el cárdigan junto a la toga.

A veces, cuando me la pongo, me acuerdo de la mano roja en la pared.

Y de que la gente que te empuja casi nunca sabe quién eres.

Pero tú sí lo sabes.

Eso es lo único que tienes que recordar cuando te digan: “Espérame abajo.”

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