Me llamo Delia Cárdenas. Tengo 58 años.
Para la familia de mi yerno, yo siempre fui “la boticaria”.
Hace veinte años tuve una farmacita en la colonia Torreón Jardín.
La cerré cuando entré a trabajar a la Secretaría de Salud.
Pero los Garcés nunca me preguntaron qué hice después.
Para ellos me quedé en la señora de bata blanca que despachaba aspirinas.
Nunca los corregí.
La noche del 27 de septiembre, a las 11:48, sonó mi teléfono.
Era Leonel, mi yerno.
—Doña Delia, no se espante. Mayela se cayó de la escalera en la quinta. Ya la traemos al hospital. Andaba bien mareada… ya ve que con sus pastillas…
—¿Cuáles pastillas? —le pregunté.
Colgó.
Manejé por la Calzada Colón con las manos heladas, aunque afuera hacía 30 grados.
En el pasillo de urgencias estaba mi consuegra, doña Ofelia Villa de Garcés.
Vestido de seda color vino, collar de perlas, el peinado intacto.
Venía de su fiesta de 40 años de casados, en la quinta que tienen en el ejido La Partida.
—Ay, Delia, qué bueno que llegó —me dijo, como si yo fuera la que llegaba tarde a misa—. Su hija anda muy mal de los nervios. Ya no sabemos qué hacer con ella.
Detrás de ella estaba Leonel, con la camisa desfajada.
Y don Rogaciano Garcés, “don Chano”, el dueño de Edificaciones Garcés, hablando por teléfono como si estuviera cerrando un negocio.
Doña Ofelia abrió su bolsa y le entregó una cajita blanca a la enfermera.
—Señorita, son sus pastillas. Se las toma diario, en la noche. Para que no le falten.
La enfermera la recibió.
Yo alcancé a ver la bolsita de papel.
“Farmacia San Judas. Colonia Los Ángeles.”
A cuatro cuadras de la casa de los Garcés.
No dije nada.
Entré al cubículo.
Mi hija estaba acostada, con la muñeca izquierda entablillada y un chichón morado en la frente.
Tenía 29 años y en ese momento parecía de doce.
—Mamá —susurró—. No me caí.
Le agarré la mano buena.
—Ya sé, mija.
—El sobre… —tragó saliva—. El sobre amarillo. Se lo di a la enfermera de la trenza. Le dije que nomás a ti.
En eso se abrió la cortina.
Doña Ofelia entró sin pedir permiso. Leonel detrás.
—Ya hablé con el doctor Rosales, su psiquiatra —anunció—. Mañana mismo la pasamos a una clínica de descanso en Gómez Palacio. Muy discreta. Nadie tiene por qué enterarse. ¿Verdad, Delia? Ya sabe cómo es la gente.
El qué dirán.
Siempre el qué dirán.
Leonel dio un paso hacia la cama.
—Usted no se meta, suegra. Esto es cosa de matrimonio. Usted es nomás la boticaria.
Mayela se encogió.
Fue un movimiento chiquito. Casi nada.
Pero yo lo vi.
Me puse entre él y mi hija.
—Enfermera —dije sin levantar la voz—, ¿me hace favor de llamar a la médica de guardia?
La doctora se llamaba Xóchitl Aranda. Joven, ojerosa, con la mirada de quien ya ha visto demasiadas “caídas de escalera”.
Pidió que salieran todos los que la paciente no quisiera ahí.
—Yo soy su suegra —dijo doña Ofelia.
—La paciente decide —contestó la doctora—. ¿A quién quiere aquí, Mayela?
Mi hija me miró.
—Nomás a mi mamá.
Doña Ofelia sonrió, de esa forma en que sonríe la gente que nunca pierde.
—Muy bien. Pero mentir tiene consecuencias, mija.
Y salió.
Cuando se cerró la cortina, le hablé a la doctora en voz baja.
—Doctora, mi hija dice que no toma ningún medicamento. Su suegra dice que toma pastillas diario. ¿Le pueden hacer un perfil toxicológico en orina? Que hablen los resultados.
La doctora me miró un segundo de más.
—¿Usted es médica?
—Química farmacobióloga.
Asintió.
—Se lo pido ya. Y le aviso: por las lesiones, el hospital tiene obligación de dar aviso al Ministerio Público.
—Para eso estamos aquí —le dije.
Mientras esperábamos, mi hija se quedó dormida con mi mano en la suya.
Y yo me puse a hacer cuentas. Como siempre.
Ezequiel, mi esposo, murió en marzo de 2022.
Un infarto, un martes, mientras regaba los nogalitos que tenía en macetas para su terreno.
Seis hectáreas por la carretera a Matamoros.
Las había heredado de su papá, un algodonero de los de antes.
Ezequiel soñaba con hacer ahí una nogalera.
“Para que Mayela tenga sombra cuando yo ya no esté”, decía.
Al morir, el terreno quedó para Mayela.
Yo regresé al trabajo a la semana del entierro.
Me dije que alguien tenía que ser fuerte.
Que la estabilidad era levantarse a las seis, cumplir horarios, pagar recibos.
No me di cuenta de que mi hija necesitaba otra cosa.
Que me sentara con ella en el silencio de la casa.
Tres meses después apareció Leonel Garcés.
Llegó a la primaria donde Mayela daba clases, con unos botes de pintura “donados por la constructora de mi papá”.
Era guapo. Educado. Le llevó flores en el cumpleaños de Ezequiel.
Le preguntaba cómo estaba. La escuchaba.
O eso creímos.
Se casaron en septiembre de 2023, en la parroquia, con fiesta en la quinta de La Partida.
Se fueron a vivir a la casa de atrás, en el mismo terreno de los suegros, en la colonia Los Ángeles.
Hubo una sola cosa en la que yo me puse firme: el régimen de separación de bienes.
Doña Ofelia se rió delante de todos.
—Ay, Delia, qué desconfiada. Ni que mi hijo necesitara su ranchito.
Mayela me pidió que no hiciera escándalo.
Pero firmó separación de bienes.
Ese papel, que todos tomaron como una ridiculez de la boticaria, iba a importar más de lo que imaginaban.
Los últimos meses, mi hija había cambiado.
Me hablaba por teléfono arrastrando las palabras.
Se le olvidaba lo que me había contado el día anterior.
Bostezaba a las siete de la tarde.
Dejó de ir a la escuela dos semanas “porque no se sentía bien”.
—Es que no duermo, mamá —me decía.
Una vez fui a cenar con los Garcés.
Al final de la cena, doña Ofelia le sirvió a Mayela una taza de té de manzanilla con miel.
—Su tecito de todas las noches —dijo—. Para los nervios.
Mayela se lo tomó obediente.
A los veinte minutos cabeceaba en el sillón.
Yo me lo apunté en la cabeza.
Pero no hice nada.
Eso me lo voy a reprochar siempre.
A las 3:10 de la mañana, la doctora Aranda regresó con una hoja en la mano.
Estaba pálida.
—Señora Cárdenas… su hija salió positiva a benzodiacepinas.
Mayela abrió los ojos.
—¿Qué es eso?
—Un tranquilizante —le expliqué—. Como el clonazepam.
—Ni en la ambulancia ni aquí se le aplicó nada de eso —dijo la doctora—. Ya lo revisé dos veces.
—Yo nunca he tomado eso. Nunca, mamá. Te lo juro.
La enfermera de la trenza entró. Se llamaba Rubí.
Venía con la cajita en una mano y el sobre amarillo en la otra.
—Me lo dio ella cuando llegó —me dijo bajito—. Lo traía apretado contra el pecho. No me lo quería soltar.
Tomé la caja.
Clonazepam, 2 miligramos.
Bolsa de Farmacia San Judas.
Y yo sabía algo que doña Ofelia no sabía.
Que en México nadie compra clonazepam como quien compra aspirinas.
Se necesita receta con nombre del paciente, nombre del médico y su cédula.
Y la farmacia tiene que anotar cada venta en su libro de control.
Fecha. Receta. Médico. Y quién lo recoge.
Treinta años de mi vida se me habían ido en revisar esos libros.
Mi hija me contó lo que pasó en la fiesta.
Hacía dos semanas que había empezado a sospechar.
Se dio cuenta de que los días que se quedaba en mi casa amanecía bien. Con la cabeza clara.
Y que en casa de los Garcés, después del té, se le iba el mundo.
Así que empezó a tirar el té en la maceta del cuarto de lavado.
No siempre podía. Algunas noches doña Ofelia se quedaba parada junto a ella hasta que se acababa la taza.
—Pero las noches que lo tiraba, mamá, al otro día me sentía otra. Como si me hubieran quitado una cobija de encima.
La noche de la fiesta, delante de ochenta invitados, doña Ofelia le puso una taza en la mano.
—Tu tecito, mija. Que no se diga que no te cuido.
Mayela le dio unos sorbos para no hacer escena. Lo demás lo dejó en una jardinera.
Más tarde bajó al despacho de don Chano a buscar un cargador.
La puerta estaba entreabierta.
Adentro estaban los tres.
—Si no firma antes del quince, el banco nos tumba el crédito del fraccionamiento —decía don Chano.
—Ya le subí al té —contestó doña Ofelia—. Mañana firma lo que le pongas enfrente.
—¿Y si un día se le ocurre decir que la drogamos? —preguntó Leonel.
Doña Ofelia se rió.
—Ay, mijo. Para eso están las recetas a su nombre. Loca y medicada. ¿Quién le va a creer?
Mi hija se tapó la boca para que no la oyeran respirar.
Cuando salieron a brindar con los invitados, ella entró al despacho.
Encima del escritorio había un sobre amarillo con su nombre.
Lo agarró y corrió hacia la escalera.
Leonel la alcanzó arriba.
—Dámelo.
—No.
La tomó del brazo. Ella jaló.
Y lo que sigue mi hija no lo recuerda bien.
Solo los escalones de cantera, el golpe, y la voz de su suegra gritándoles a los meseros:
—¡Se cayó! ¡Anda mareada con sus pastillas!
Abrí el sobre amarillo en el cuarto del hospital.
Adentro había dos cosas.
La primera: un borrador de poder notarial para actos de dominio.
“Mayela Sifuentes Cárdenas otorga a Leonel Garcés Villa poder amplio para vender, gravar y enajenar…”
El terreno de la carretera a Matamoros.
Con una notita amarilla pegada: “Firma viernes.”
La segunda me heló la sangre.
Un avalúo del terreno.
Seis hectáreas. Hoja membretada de Edificaciones Garcés.
Proyecto: Fraccionamiento Los Nogales.
Fecha del avalúo: 18 de abril de 2022.
Mayela lo vio por encima de mi hombro.
—Mamá… yo conocí a Leonel el 9 de junio de 2022.
Nos quedamos calladas.
Ellos ya tenían el terreno medido, valuado y con nombre de fraccionamiento…
dos meses antes de que Leonel “por casualidad” llevara pintura a su escuela.
Mi hija no se cayó de una escalera.
Mi hija cayó en un plan.
A las seis de la mañana fui a mi casa a bañarme.
Pero no me bañé.
Me fui derecho al cuarto de Ezequiel, donde seguían sus cosas.
Sus lentes. Su sombrero. Sus agendas de pasta café, una por año.
Busqué la de 2021.
En la hoja del 14 de noviembre, con su letra apretada de contador viejo, decía:
“Vino otra vez el señor Garcés. Segunda vez. Le dije que no vendo. Me contestó: ‘Usted no vende, don Ezequiel, pero su hija algún día va a firmar.’ No le voy a decir nada a Delia para no preocuparla.”
Me senté en el piso.
Mi esposo había cargado solo con esa amenaza.
Para protegernos.
Y yo, por andar siendo fuerte, nunca le pregunté por qué andaba tan callado ese invierno.
Guardé la agenda en mi bolsa junto al sobre amarillo.
A las nueve llegó el agente del Ministerio Público, el licenciado Patricio Elizondo, a tomarle la declaración a mi hija.
Mayela habló despacio, pero completo. Sin llorar.
Yo le entregué el sobre, la agenda de Ezequiel, el resultado del toxicológico y la cajita de clonazepam.
Esa misma mañana, el licenciado dictó medidas de protección: Leonel no podía acercarse a mi hija.
Luego hice algo que me costó más que todo lo anterior.
Le llamé a mi jefe en Saltillo.
—Licenciado, le aviso por escrito que tengo un conflicto de interés. Una farmacia de mi región está involucrada en un caso de mi hija. No voy a tocar nada. Que lo pida el Ministerio Público.
Y se lo dije al licenciado Elizondo:
—Pida el libro de control de Farmacia San Judas. Ahí va a estar todo. Yo no puedo pedirlo.
Me miró raro.
—¿Y usted cómo sabe eso, señora?
—Porque es mi trabajo.
Al día siguiente, a las cinco de la tarde, doña Ofelia volvió al hospital.
Venía con un abogado de traje gris.
Y con un señor de bigote blanco y maletín de piel: el doctor Benigno Rosales, psiquiatra.
—Ya está todo listo —me dijo doña Ofelia, sin saludar—. La ambulancia está abajo. El doctor va a firmar el traslado. Mayela no está en condiciones de decidir nada. Tiene diagnóstico.
—Yo no me voy a ningún lado —dijo mi hija desde la cama.
—¿Ve, Delia? Ni sabe lo que dice.
La doctora Aranda se cruzó de brazos.
—La paciente está lúcida. Ella decide.
El doctor Rosales dio un paso al frente para hablar.
Entonces me vio.
Y se le borró la cara.
Se quedó con la boca abierta, el maletín colgando de la mano.
—Q.F.B. Cárdenas… —murmuró.
Doña Ofelia volteó a verlo, molesta.
—¿La conoce? Es la boticaria. La de la farmacita de Torreón Jardín.
El doctor tragó saliva.
—Ofelia… ella es la jefa de Verificación Sanitaria de toda la Región Laguna.
El silencio fue tan grande que se oyó el pitido de un monitor en el cubículo de al lado.
El año pasado, mi equipo había revisado su consultorio.
Sus recetarios de medicamentos controlados.
Él me había ofrecido café. Yo lo había rechazado.
Doña Ofelia se rió. Una risa corta, nerviosa.
—Pues aunque sea jefa de lo que sea. Esto es un asunto de familia.
—No, señora —dijo una voz desde la puerta—. Ya es un asunto de la Fiscalía.
Era el licenciado Elizondo. Traía una carpeta bajo el brazo.
—Doctor Rosales —preguntó el licenciado—, ¿cuántas veces consultó a Mayela Sifuentes?
El doctor miró a doña Ofelia. Luego al piso.
—Una vez. En febrero.
—¿Y le recetó clonazepam?
—En esa consulta… no. Escribí que no requería medicamento.
El licenciado abrió la carpeta.
—Pues en el libro de control de Farmacia San Judas hay cuatro recetas suyas de clonazepam a nombre de Mayela Sifuentes. Mayo, junio, agosto y septiembre.
Pasó la hoja.
—Y en las cuatro, la persona que recogió el medicamento y firmó de recibido fue Ofelia Villa de Garcés. Con número de credencial de elector.
Doña Ofelia se puso del color de su vestido.
—¡Pues claro que yo las recogía! ¡Son sus pastillas! ¡Ella ni salía de la casa!
—Entonces explíqueme algo —le dije yo, por primera vez en dos días—. Si mi hija se tomaba esas pastillas por su voluntad, ¿por qué el doctor que las recetó la vio una sola vez y escribió que no necesitaba nada?
Ella abrió la boca. No le salió nada.
El doctor Rosales se pasó la mano por la frente.
—Ofelia me dijo que la muchacha no quería venir. Que estaba muy mal. Que se encerraba a llorar… Yo le hice las recetas como favor. Somos compadres.
—Sin volver a ver a la paciente —dijo la doctora Aranda, seca.
—Eso lo va a explicar usted en otro lado, doctor —dijo el licenciado Elizondo.
El abogado de traje gris le tocó el codo a doña Ofelia.
—Señora, no diga una palabra más.
Pero ya era tarde.
Las palabras que importaban ya estaban dichas.
En el despacho de la quinta. Delante de mi hija.
“Para eso están las recetas a su nombre.”
Leonel llegó media hora después.
Ya sabía todo.
Le temblaba la quijada.
Se paró en la puerta del cuarto. No se atrevió a pasar. Las medidas de protección ya le habían sido notificadas.
—Mayela —dijo—. Firma el divorcio y aquí se acaba todo. No le hagas esto a mi mamá.
Mi hija lo miró un buen rato.
—Tu mamá me puso pastillas en el té durante cinco meses, Leonel. Tú lo sabías. Y me aventaste de una escalera por un sobre.
—Fue un accidente.
—El avalúo tiene fecha de abril de 2022 —le contestó—. Tú y yo nos conocimos en junio. ¿Eso también fue accidente?
Leonel se quedó callado.
Por primera vez en su vida, nadie le arreglaba nada.
En el pasillo lo esperaban dos policías de investigación con un citatorio para declarar ante la Fiscalía.
Lo que siguió no fue rápido.
Las cosas que se hacen bien casi nunca son rápidas.
La Fiscalía en Torreón abrió carpeta por violencia familiar y lesiones contra Leonel.
En la audiencia en el Centro de Justicia Penal, el juez lo vinculó a proceso y mantuvo la prohibición de acercarse a mi hija.
Abrieron otra carpeta contra doña Ofelia, por haberle dado a mi hija un medicamento controlado sin que ella supiera.
También la vincularon a proceso.
Su abogado pidió una salida alterna. Eso lo decidirá el juez, no yo.
Al doctor Rosales, la Secretaría de Salud le suspendió el uso de recetas de controlados mientras lo investigan.
No lo revisó mi equipo. Lo revisó personal de Saltillo.
Yo no quise ni saber la fecha de la visita.
Los peritos encontraron restos del mismo medicamento en la tierra de la maceta del cuarto de lavado.
La maceta que mi hija había regado tantas noches con su té.
Y el banco hizo lo que hacen los bancos cuando huelen escándalo.
Sin el terreno, no había Fraccionamiento Los Nogales.
Sin fraccionamiento, no había crédito.
Edificaciones Garcés tuvo que vender maquinaria para pagar lo que debía.
En enero, don Chano puso en venta la quinta de La Partida.
La misma quinta donde, frente a ochenta invitados, celebraron sus cuarenta años de casados.
Y en la parroquia, donde doña Ofelia era la primera en llegar a la misa de doce con su mantilla, ahora la gente se hace a un lado cuando pasa.
Toda la vida le tuvo miedo al qué dirán.
Ahora el qué dirán ya dijo.
Mi hija tardó en recuperarse.
Las primeras semanas sin el medicamento le costó dormir.
Va a terapia cada jueves con una psicóloga de verdad, que la escucha de verdad.
Y yo también cambié algo.
Ahora no le pregunto “¿cómo estás?” por teléfono.
Voy a su casa.
Me siento con ella en la banqueta a la hora en que baja el calor.
Y me quedo callada el tiempo que haga falta.
El Día de Muertos pusimos el altar de Ezequiel en mi casa.
Su foto. Su sombrero. Pan de muerto. Una taza de café de olla.
Y en medio, abierta en el 14 de noviembre de 2021, su agenda de pasta café.
“No le voy a decir nada a Delia para no preocuparla.”
Mi hija tocó la hoja con la punta de los dedos.
—Te quiso cuidar, mamá.
—Y yo no lo vi.
—Pero a mí sí me viste —me dijo—. Cuando todos decían que estaba loca, tú pediste un análisis.
En diciembre salió su divorcio. Divorcio incausado. No tuvo que dar explicaciones.
Gracias a la separación de bienes, el terreno siempre fue de ella y nada más de ella.
Nadie tuvo que pelear por un metro.
El día de la sentencia, Mayela me abrazó en las escaleras del juzgado.
—Mamá, ¿te acuerdas cuando doña Ofelia te dijo desconfiada?
—Me acuerdo.
—Gracias por ser desconfiada.
Me reí. Por primera vez en meses.
En enero volvió a su salón de clases.
Sus alumnos le hicieron una cartulina: “Bienvenida maestra Maye”, con la ye al revés.
En febrero fuimos al terreno de la carretera a Matamoros.
Llevábamos en la caja de mi camioneta cuarenta nogalitos.
Los mismos que Ezequiel tenía en macetas el día que se murió.
Los cuidé casi cuatro años sin saber para qué.
Ahora ya sé.
Mi hija se arremangó la camisa. Todavía tenía una cicatriz delgadita en la muñeca.
Hizo el primer hoyo con la pala.
—Papá decía que un nogal tarda años en dar sombra —me dijo.
—Por eso hay que plantarlo ahorita.
Clavamos un letrero de madera en la entrada:
“NOGALERA EZEQUIEL SIFUENTES”.
Me sacudí la tierra de las manos.
Para los Garcés, yo siempre fui la boticaria.
La señora de la farmacita.
La que no sabía nada.
Tenían razón en una cosa.
Yo no sé de fraccionamientos, ni de bancos, ni de fiestas de cuarenta años.
Pero sé leer un libro de control.
Sé lo que deja un tranquilizante en la sangre.
Y sé que una madre callada no es una madre que no está viendo.
Solo está esperando el resultado.